
Catherine Fieldhouse Alarcón, oriunda de Osorno, crece en Rancagua. Estudia medicina en la Universidad de Chile, especializándose en psiquiatría. Madre de cuatro hijos, pertenece al grupo Sueños de médicos poetas y al Grupo Los Inútiles desde hace 16 años. Refiere que le gusta escribir, dibujar y pintar. Ha sido galardonada en importantes concursos y congresos literarios, entre los que destaca el segundo lugar en prosa en el concurso nacional de la revista Vida Médica, con “La conmoción del cuero cabelludo”, en el año 2009; y el segundo lugar el año 2013 en el IX Congreso latinoamericano de Médicos escritores realizado en Misiones, Argentina, con la obra “Entre el 10 y el 18 de septiembre”. El Encuentro, es su primera publicación individual.
(extracto)
SOLEDAD (fragmento cuento)
Ya llevaba dos nudos en su pañuelo de cuello. Había decidido apuntar así la cuenta de los días cada vez que sonara la alarma de su reloj de pulsera, para hacer algo. Amanecía, un nuevo pitido y un nuevo nudo, que palpaba en la obscuridad absoluta de esa cueva, en la que quedara atrapada tras el derrumbe. Escuchaba el goteo constante de siempre, el que buscaba desde que sintió sed, sus dos botellas ya las había bebido y casi no había comido sabiendo que al metabolizar los alimentos requeriría de más agua. ¿Dónde estaban los demás? ¿La estarían buscando? ¿Yacerían muertos bajo las rocas? ¿Estarían igual que ella, perdidos en esta negrura absoluta buscando la salida? Tal vez tenían linterna, ella la tenía pero no se fijó que las pilas que llevaba no le hacían… Se había extraviado de su punto de origen. ¿Habría caminado solo unos metros o cientos? No tenía como saberlo, por la ceguera que la apresaba, la dificultad para avanzar por el irregular terreno y las múltiples conexiones en la mina, que Soledad imaginaba ya, como un intrincado laberinto, una profusa colmena.
Recordaba la travesía con su grupo por el meandro del río en el cañón, la decisión de bajar al pique minero cuando lo descubriera la chispeante Antonella, tras una saliente, que Alejandro, que hacía de guía, se rehusara y todos lo presionaran alegres. El descenso por una destartalada escalera, en que reverberaba la risa de Esteban mientras ayudaba a bajar a Constanza, la de la sonrisa lenta y prudente y, finalmente, Mauricio, que iba, como Alejandro, con una linterna, tan regio, al que las tres coqueteaban y él se regalaba con todas indisciplinadamente a vista de cualquiera.
Avanzaba buscando acercarse al sonido del goteo perpetuo. Ya repercutía llenándolo todo con su refrescante promesa. Soledad iba en silencio. Ya había llorado, gritado los nombres de los integrantes de su grupo, suplicado al cielo que recordaba tan azul, vuelto a repetir el ciclo y solo había respondido el rítmico goteo, con ecos, para confundirle la dirección a seguir, más ahora, sentía que se acercaba.





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