Katia Velásquez Martínez, originaria de Ancud, Chile, es médica internista formada en la Universidad de Chile y ejerce en cuidados paliativos en su ciudad natal.
Escribe poesía y narrativa desde la juventud.
Su trayectoria ha sido inseparable de su raigambre chilota, y las versiones de todos los entornos que ha forjado, a decir de la gente que le conoce bien, van prendidas a la isla, tal como el itinerario multicolor de su propuesta literaria.
Su historia poética ha sido una confirmación de ello. Los constituyentes sintácticos gozan la impronta de los olores profundos, de la humedad, de las suspicacias del viento de Chiloé, de sus humos procelosos, y de la rúbrica seglar y sencilla del reparto.
Pero las palabras se nutren, más allá de la geografía, de la magia; más allá de la urgencia poética, de la irrupción de la conciencia bien puesta.
Aunque en sus relatos –este libro es una selección de ellos- el escenario poético no se disipa y mantiene intacto el desfiladero de ilusiones, la narrativa de Katia Velásquez despliega también atributos novedosos y complementarios: la exhibición ruda de enemigos feroces y el dolor –la dulce confrontación entre redención y pérdida-, la ficción madura hecha cuento infantil, y el desenlace flanqueado por la búsqueda del sentido.
La autora ha sido publicada en varias antologías literarias y ha participado en encuentros de medicos escritores en Chile y el extranjero. En 2005 publicó su poemario “Amasando encuentros y despedidas”.
En A TÍTULO DE NADA, su primer libro de cuentos, la autora nos ofrece una recopilación de narraciones íntimas, impregnadas de latidos y colores, que se aparecen como piezas de museo, vestigios de una colección mágica de experiencias, cada una con un sello indócil: el realismo vigoroso de su tiempo.
Fracasará el lector en la búsqueda de una línea argumental única, más allá del peregrinaje a voces por los recuerdos de infancia, la historia de las familias, los derroteros hacia la inmortalidad, la enfermedad como el escenario de la lucha entre la vulnerabilidad y la esperanza.
El libro es por otra parte, y de modo urgente, un homenaje a la gente sencilla de su tierra. No por casualidad las locaciones reverberan en su Chiloé natal, entre el mar y la arboleda, como si la escribana y el “flechero del bosque” fueran uno solo.
En suma, si alguna síntesis fuera prudente, los relatos nos advierten del destino de las mujeres y los hombres de su patria, hacia el cual la tragedia y el amor transitan el mismo camino.





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