
Luis Soto (1977) Escritor rancagüino. Ha escrito cuatro novelas, “Las Anima de Chemaco” (2010), “El Marrueco de un Ángel” (2012), “No ha lugar, con costas” (2013) “El Maravilla” (2014), y un libro de poesías: “Si yo te quiero Daniela, si yo te quiero” (2014).
“El maravilla” es de narración dinámica, cuyo protagonista inesperadamente nos remonta a diversos escenarios. Huáscar Acho es un joven boliviano que nos hará transitar, muchas veces por error, por diversas ciudades y países sudamericanos. La humildad, la amistad, el amor por la familia y por su mujer son banderas de lucha que nunca claudican cualquiera sea la circunstancia en que se encuentre.
Un relato humano, sin pausas, y cuya inocencia del protagonista nos transportará desde su ingenua alegría hasta las más complejas de las reflexiones.
(Extracto)
EL MARAVILLA (fragmento novela)
Huáscar Acho es boliviano. A los treinta y tres años debió dejar a su madre y a su hermana en una casita en el sector de El Alto, en la ciudad de La Paz, porque el hacinamiento era enfermizo. No podía convivir con Carmen, su prometida, en su pequeña casa. A la mañana siguiente que tenían sexo, su hermana buscaba sus ojos para acecharlo con bribonería y risitas incómodas. Es que Carmen era una escandalosa, parecía que se hubiese macha-cado los dedos con un martillo cada vez que el meneo se hacía más tendencioso. Los gritos los escuchaba el vecino, el vecino del vecino y vaya a saber hasta donde era la difusión. La casita contaba con tres piezas pequeñas: en una, apenas cabía una mesita, cuatro sillas y un refrigerador. Las otras dos, eran dormitorios separados por un tabique más delgado que el cartón. La cocina estaba en la habitación de Huáscar. Así que, para tener reales intenciones de no ser interrumpido en instantes carnales trascendentales, debía cerciorarse de que su madre y su hermana no tuviesen hambre o no quisieran azúcar para el té. Ante el mínimo ruido, todo se detenía. Huáscar y Carmen volvían a sus posiciones normales, debiendo fingir estar profundamente dormidos, para luego, unos minutos, retomar las caricias en medio del silencio. Era precisamente por eso, por la intranquilidad de su “amor sexual”, como le llamaba Huáscar, que debió abandonar su casa de infancia y buscar otra en un sector más céntrico.
El mismo día que llegó a vivir junto a Carmen a una pieza en Avenida Sucre en el centro de la ciudad, fue en busca de trabajo. Había estado cesante por más de seis meses, desde cuando finalizó la construcción de unas casas en Avenida Cochabamba. Inmediatamente y con la tranquilidad propia de Huáscar, caminó por una callecita peatonal de pastelones y de fachadas muy colorinches. Había escuchado que en ese lugar se albergaban gran parte de los museos de la ciudad. Pero, Huáscar no conocía los museos. Abandonó la escuela cuando aún cur-saba la educación primaria.





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