
Fernando Vasquez A. es ingeniero de profesión, radicado en la ciudad de Rancagua. Ha publicado otro volumen de cuentos denominado “Nota Adjunta” en Editorial Primeros Pasos.
En su nueva obra “Su Eminencia y otros relatos”, sigue explorando a través de los cuentos, aquellos universos que parecen disímiles, pero que se conectan unos a otros con hilos invisibles formando un todo que se nutre de la fantasía y la realidad.
Según el autor, se escribe desde la incertidumbre que provocan ciertas inflexiones en esa línea continua que parece ser la vida. Así y con simpleza explica la génesis de este libro.
(extracto)
EL APARATO (fragmento cuento)
Cuando mi papá compró el RM-22, le avisé por teléfono a mi amigo Juanca para que lo viniera a ver. Él vive en la esquina así que en un rato estuvo en mi casa, le dijo “hola tía” a mi mamá, “hola tío” a mi papá y los dos esperamos a que éste desarmara el paquete. Mi hermano chico también andaba por ahí revoloteando, pero más por monería, que el real interés de nosotros. Mi papá miraba de reojo y yo sentía que demoraba toda la operación para hacernos esperar más de la cuenta. Yo, por más impaciente que estaba, no dije nada porque no me gusta que se ría de mí aunque sea de broma. Era sábado, después de almuerzo y mi mamá lavaba la loza en la cocina, creo que papá se dio cuenta que no servía la espera porque yo tenía todo el día y así, de un tirón, rasgó el papel y apareció la cajita gris del aparato. Por la TV parecía más grande y nos desencantamos con el Juanca, pero no era eso lo que nos interesaba, sino su funcionamiento, así que nos duró un rato no más, el desengaño.
Para que se aprecie mejor el aparato lo voy a describir al tiro, bueno, los datos son de memoria, pero aquí va más o menos lo que era el RM-22: una cajita plástica de quince centímetros de largo por diez de ancho y cuatro de altura, de color gris, made in Korea y con una lucecita roja justo en el medio que se prende cuando es conectado al enchufe de la corriente. Tenía la etiqueta de Importadora Sudamericana y las dos hojas de instrucciones venían en inglés, chino y alemán. Recuerdo que mi papá echó un par de garabatos cuando vio que ni se consideraba el castellano. Yo le pego al inglés, así que me las pasó para que tradujera cómo funcionaba la cosa. Era mi venganza y dije que me tomaría tiempo traducir desde el diccionario. “Te apurái”, me dijo. Yo tomé el RM-22 y dije al Juanca que fuéramos a la pieza. Antes de tirarme a la cama tomé el diccionario de inglés de la mochila y me puse a traducir las palabras que no conocía, no eran muchas así que demoré poco.





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